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PALMA DE MALLORCA
Etimología
Ciudad antigua de Ibiza
A pesar que durante mucho tiempo se ha creído que "Baleares" provenía de la palabra griega ballein que significa "lanzar", últimamente se ha cambiado de opinión y parece que se descarta el origen helénico. Lo cierto es que los griegos utilizaron la palabra "Gimnesias" para referirse a las islas de Menorca y Mallorca. En cambio, cartagineses y romanos prefirieron la denominación "Baleares" para Menorca y Mallorca. Todos ellos llamaron a Ibiza y Formentera Pitiusas.
El origen del nombre "Baleares" no es griego sino púnico. Proviene del plural "ba' lé yaroh". El substantivo "ba' lé" significa "los que ejercitan el oficio de" y actúa como sujeto del verbo "yaroh" que significa "tirar piedras". El significado final sería algo así como "los maestros del lanzamiento". Y estos maestros del lanzamiento son los honderos de las islas. Así pues, Baleares significa "honderos". Autores clásicos como Plinio o Diodoro han hablado mucho de ellos. Pero es la narración de Licofronte de Calcis, en su poema hermético Alexandra (versos 633-641), cuando habla de los fugitivos de la guerra de Troya que llegan a las Baleares, a las que el llama Gimnesias, donde se da esta descripción:
Mahón
Mahón
Y otros, después de navegar como cangrejos en las rocas de Gimnesis rodeados de mar, arrastraron su existencia cubiertos de pieles peludas, sin vestidos, descalzos, armados de tres hondas de doble cordada. Y las madres señalaron a su hijos más pequeños, en ayuno, el arte de tirar; ya que ninguno de ellos probará el pan con la boca si antes, con piedra precisa, no acierta un pedazo puesto sobre un palo como blanco
Licofronte de Calcis, Alexandracolor
Esta fama y probablemente un exceso de población dio lugar a que muchos de estos honderos de las islas terminaran nutriendo a los ejércitos cartaginés y, más tarde, romano.
Parece ser que la costumbre de utilizar la honda en las islas no se abandonó entre los campesinos hasta bien entrado el siglo XX. En Menorca, hasta no hace muchos años, existía la tradición que, para entrar en determinados gremios, el aspirante tenía que acertar con una piedra, y sin errar ningún tiro, ocho espacios vacíos entre dos barras.